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miércoles 13 de octubre de 2010

Ocasión.

Logré mirarte bajo un techo, evitabas la lluvia, te vestía el color rojo, en combinación a tus labios, atractiva en tu morfos; te invité a caminar bajo mi paraguas, echaste a andar con tus zapatos negros, tomamos un café que llevaste a tus labios morados, derramaste un poco en tus pantalones del mismo color, caminamos, mis zapatos negros acompañando los tuyos blancos, te analizaba observándote como un perfecto syntagma. Llovía, hasta el tiempo era un perfecto complemento circunstancial y me confieso culpable de haber querido ver a través de tu blusa blanca. De repente, como complemento circunstancial de lugar: mi casa. Antes de entrar, ya escuchaba los pasos de tus sandalias verdes en ella, y tocaste la puerta para salir, la cerraste para volver, tus zapatos verdes bailando y la música te seguía; tu verde vestido se alejó para abrazarme, me vi en la obligación de hacer descansar mis labios agotados en los tuyos rosados, para recordarme de ti; y suprimiste el camino, te entregaste y se te escapó quitarte los zapatos marrones. Quisiste amarme por última vez y querías olvidarme por primera vez. Siempre es lo mismo, pero nunca eres tú.

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